sábado, 9 de enero de 2010

"Casas de Campo Chilenas”: Volviendo a nuestros orígenes


Casas de Campo Chilenas es un libro de fotografías artísticas de gran formato que constituye un valioso aporte al conocimiento de nuestra identidad y de formas de vida del mundo rural, reuniendo, por primera vez, la crónica e imágenes de un conjunto significativo de antiguas casas patronales, cuya historia comprende, al menos, un período de tres siglos y cubre un amplio territorio, que se extiende desde el valle del río Elqui, por el norte, hasta el valle del río Maipo, por el sur.

Casas de campo chilenas
Por Revista Paula
La casa patronal es una de las manifestaciones más claras de nuestra identidad y este libro lo demuestra.

Publicado en Paula 941, 17 de diciembre de 2005.



La casa patronal de largos corredores fue uno de los centros del estilo de vida que caracterizó a chile entre los siglos XVII y XIX. Para rescatar el valioso legado de estas casonas que aún existen en las zonas rurales, la historiadora Teresa Pereira, el arquitecto Hernán Rodríguez y la geógrafa Valeria Maino investigaron en torno al tema y publicaron una serie de dos volúmenes que reúne a más de treinta casas de campo ubicadas entre los ríos Elqui y Maule. Finamente editado en una serie limitada de ejemplares de colección y con excelentes fotografías, la serie Casas de Campo Chilenas es uno de los mejores documentos que existen sobre una de las manifestaciones más profundas de la identidad chilena. A la venta en R.E. Producciones por $ 89.000 cada volumen. General Salvo 20, providencia, fono 200 0552.

Una lujosa publicación busca rescatar y dejar testimonio de un patrimonio y de una forma de vida muy propia de Chile que, aunque vigente, tiende a desaparecer, según explica la historiadora Teresa Pereira.

Por Cristina Tortorelli



El libro “Casas de Campo Chilenas”, en dos magníficos tomos, busca rescatar el valioso patrimonio arquitectónico y valórico que aún se conserva disperso por nuestro territorio. Es una manera de preservar un estilo de vida, más bien una expresión cultural, que marcó buena parte de la historia de Chile. Teresa Pereira, historiadora; Hernán Rodríguez Villegas, arquitecto, y Valeria Maino, geógrafa, unieron talentos, especialidades y entusiasmo para plasmar este libro que, según el padre Gabriel Guarda, “es una edición príncipe, única, cumbre de nuestro mundo editorial, orgullo para el país”, por la riqueza de la información, el sólido sustento documental y la calidad de sus fotografías. Un auténtico hito de nuestra producción historiográfica.
La historiadora Teresa Pereira, con estudios en la Universidad Católica de Chile y en la Sorbonne, autora de numerosos libros y artículos y miembro de la Academia Chilena de la Historia, era la persona indicada para esta tarea. Su niñez transcurrió entre el campo y la ciudad y su vida continúa del mismo modo. Está casada con el empresario agrícola Juan Correa Errázuriz.


Fachada principal de casa Santa Rosa de Apoquindo.

– ¿Como nació la idea de hacer este libro y con qué criterio se eligieron las casas incluidas en la obra?
–Por haber vivido parte de mi infancia y juventud en una casa de campo, sentía que algo muy propio iba desapareciendo. En Casas de Lo Matta, con ocasión de la presentación de un libro, observando esa casona, con sus muros de adobe y su arquitectura tan chilena, tomó fuerza la idea de rescatar este valioso patrimonio cultural. Me encontré con Hernán Rodríguez, le conté mis inquietudes, coincidentes con las suyas, y decidimos que debíamos hacer algo y pronto. Comenzamos con un catastro, partiendo desde Copiapó hacia el sur. Rápidamente se incorporó al proyecto la geógrafa Valeria Maino. Preparamos un listado de cerca de 300 casas que tenían cierta importancia, guiándonos por los censos de propiedades agrícolas y, con pesar, nos dimos cuenta de que cerca de dos tercios habían desaparecido a causa de terremotos, divisiones de la propiedad e incluso como consecuencia de la reforma agraria, que imposibilitó que muchos propietarios pudieran con pequeñas reservas mantener esas grandes casonas. Pero, a su vez, constatamos que existía un número de significativa importancia, gracias principalmente al esfuerzo perseverante de sus dueños, lo que nos incentivó a seguir adelante.
“Nos convencimos de que no bastaba un catastro; era necesario un libro que permitiera contar la historia de cada propiedad y dejar el correspondiente registro fotográfico. Elegimos 50 casas representativas entre el Valle del Elqui y el Maule. A algunos dueños reticentes, les explicamos que eran un ejemplo que serviría para ayudar a rescatar este valioso patrimonio nacional... Nos autorizaron”.


Corredor frente al parque de casa Santa Rosa de Apoquindo.

–Y entonces había que plasmar la obra. ¿Cómo la concretaron? –Roberto Edwards era la persona adecuada, por su experiencia como fotógrafo y por la calidad de sus trabajos como editor. El se entusiasmó y así contamos con un equipo de destacados fotógrafos –Elio Caro, Carmen Domínguez, Max Donoso y Rafael Fernández–, que puso el alma en el proyecto. Fue tal el compromiso de Roberto, que diagramó y editó la obra. Ana María de Grenade y Ximena Urrejola estuvieron en la producción, Paula Pizarro en la diagramación y Marcela Huepe en la coordinación editorial. Fue un equipo comprometido y ello fue esencial para la belleza y calidad de “Casas de Campo Chilenas”. Y el importante patrocinio del Banco Santander hizo realidad la esperada obra.
– ¿Es el suyo un libro de historia? ¿Cuál es su aporte cultural? –Me atrevería a decir que es un libro que combina apropiadamente excelentes imágenes con sólidos textos de investigación. Nos interesó no sólo describir la casa, sino llegar a los orígenes más remotos de estas propiedades e hilvanar la continuidad de sus propietarios. Su aporte es rescatar y dejar testimonio de un patrimonio y de una forma de vida muy propia de Chile que, aunque vigente, tiende a desaparecer. En su camino al desarrollo, los países muchas veces se van abriendo demasiado a modelos y culturas extranjerizantes que desdibujan su identidad. Nosotros tenemos que conservarla y uno de los patrimonios arquitectónicos más representativos de ella son estas casas. El mundo rural centrado en la hacienda caracterizó a Chile durante los siglos XVII, XVIII y XIX y la casa era el corazón de esa propiedad. Así, las casas de campo, el conjunto de edificaciones alrededor de ellas y las tierras, fueron en cierta forma los cimientos económicos, sociales y culturales de Chile.


Teresa Pereira, una de las autoras del libro.

– ¿Han cambiado las formas de vida? –La extensión de las casas, su estructura abierta permitía una vida o sociabilidad familiar patriarcal entre los habitantes de ellas y de la hacienda, que muchos denominan “la gran familia”. Convivían en las casas, principalmente en el verano, distintas generaciones: padres, hijos, nietos... Desde fines del siglo XIX se inician leves transformaciones, que se acentúan en el siglo XX. Con el impulso económico que vivió el país a fines de la década de los 80, la agricultura se revitaliza, los fundos se tecnifican, surge el campo-empresa y se pierde en gran medida aquella convivencia patriarcal.
– ¿Se puede decir que existe un estilo de casa chileno? ¿Qué es lo que lo unifica? –Creo que puede ser considerada casa chilena o casa criolla aquella que fue construyéndose a lo largo del tiempo, adecuada al medio, a partir del siglo XVII. Surgió una casa que podría tener un aporte indígena en los tabiques de quincha, en las pircas de piedra; inspiración andaluza en los techos de tejas y maderas, pero con maderas muy chilenas, porque se empleaban postes de roble, de patagua, de ulmo. Lo que las caracteriza es su horizontalidad, un largo cañón de habitaciones comunicadas, que toma forma de “U”, de “H” o de “L”. Algunas tienen segundo piso, como Lo Fontecilla, donde las bodegas están en el primer piso y los dormitorios en el segundo. Y la casa fortaleza, que era más bien cuadrada, volcada hacia el interior, para defenderse de los bandoleros. Lo que distingue a las casas chilenas, han dicho algunos estudiosos del tema como Raúl Irarrázabal, son esos anchos corredores que permiten que haya un paso gradual desde el interior a los corredores o galerías donde se conversa, se pasea y se abren a los patios, jardines y huertos.


Portada de la capilla de Lo Fontecilla, con esculturas barrocas.

–En el libro se ven algunas casas totalmente europeas. ¿En qué momento aparece esta influencia?
–Desde mediados del siglo XIX, con la llegada de capitales de la minería al campo y la apertura de Chile a Europa, se construyen casas como Alfalfares, en La Serena, de estilo italiano; la casa de estilo palladiano de Chiñigue o francesa, como Las Majadas, en Pirque.
– ¿Las casas incluidas en el libro están en manos privadas o institucionales? –Intentamos reunir aquellas que estuvieran en manos privadas y que no fueran institucionales, pero no podía faltar El Huique, que desde hace 30 años está en manos del Ejército, una casa muy chilena con sus 14 patios y diversos corredores, que tuvo una vida muy importante durante el siglo XIX. Allí vivió el Presidente Errázuriz Echaurren. Tampoco podían faltar, por ser representativas y estar conservadas con su mobiliario original, Santa Rita y Concha y Toro que, sin bien son institucionales, son casas muy interesantes por quienes vivieron en ellas.


Marruecos de Santa Cruz. Escalera que se levanta sobre el zaguán de acceso, desaparecida en 1906.

–Al parecer, muchos visitantes ilustres pasaron por esas casas. –Viajeros como Mary Graham hablan que visitaron las casas de Viluco del entonces marqués de Larraín y también cuentan que don Vicente Izquierdo fue un gran anfitrión en Pirque. Esas casas fueron hitos en su época. Entre las que aparecen en el libro, en Santa Rita, don Domingo Fernández dio una gran recepción a don Carlos de Borbón, de la rama carlista. También la visitaban el poeta Diego Doublé, yerno de doña María Luisa Fernández, y Gabriela Mistral. En Aculeo, de la familia Letelier, se formó un criadero de caballos de gran importancia y se dio una fiesta campesina con rodeo para agasajar al Presidente Theodore Roosevelt a principios del siglo XX. En Concha y Toro, doña Emilianita Concha era una reconocida anfitriona. Lo Fontecilla ha sido testigo de muchas visitas ilustres y Santa Rosa de Apoquindo, de fiestas familiares como bailes de estreno en sociedad y matrimonios. Costumbre que parece estar retomándose, lo que indica que estamos volviendo a nuestras raíces.


Patio interior de Lo Fontecilla

– ¿Qué recuerdos tiene de su infancia en el campo? –Tengo recuerdos muy nítidos y significativos: coger el caballo y cruzar los campos al galope, alegres baños en tranques y esteros, participar en las vendimias y trillas, saltar en los fardos de paja, competir en las carreras de ensacados. Las misiones que organizaba mi abuela, donde participaban los habitantes del campo y sus alrededores, terminaban con una gran fiesta. Y ya en la madurez, compartir penas y alegrías, nutrirnos de esa sabiduría campesina y celebrar las Fiestas Patrias. Lo siento como un lugar de aprendizajes personales, donde se dan sólidos lazos de amistad y solidaridad, de transmisión de valores, de usos y creencias campesinas, todavía presentes en las costumbres rurales y en la tradición oral.
“Es importante crear conciencia de la importancia de nuestro patrimonio, que no es sólo la arquitectura, son los paisajes, las voces, los pueblos y caseríos, las artesanías, el legado de los antepasados, la memoria colectiva. Si eso se olvida, perdemos nuestra identidad. Esperamos haber contribuido en cierta medida, con esta obra, a que aquello no ocurra”.
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ARTES Y LETRAS Domingo 29 de Agosto de 2004

PATRIMONIO. Casas patronales del valle del Elqui al valle del Maule:
Tradición, austeridad, permanencia

El libro "Casas de campo chilenas" -construidas antes del siglo XX-, de Hernán Rodríguez, Teresa Pereira y Valeria Maino, que se presenta próximamente en Lo Matta, rescata la memoria de aquel valioso patrimonio arquitectónico de nuestra cultura rural.

M. DE LOS ÁNGELES COVARRUBIAS CLARO

http://www.loslingues.cl/english/historical_background.html


Figuras connotadas de nuestra historia, como María Graham, Mauricio Rugendas, Onofre Jarpa, Enrique Swinburn, fueron algunos de los visitantes de la hacienda en Aculeo.
Foto:Rafael Fernández

Casa que se construyó en tres etapas, "Ana Luisa de Cunaco".
Foto:Elio Caro

Desde aquí se aprecia el parque que se dirige a la viña ubicada en la Sexta Región.
Foto:Elio Caro

Foto:Carmen Domínguez (Alfalfares, La Serena)

Treinta y ocho casas patronales del campo chileno con su noble fachada, sus acogedoras habitaciones y corredores, plácidos patios, torreones
, jardines y parques señoriales, se presentan en todo su esplendor en el libro "Casas de campo chilenas" (patrocinado por Santander-Santiago) que se lanzará en las casas de Lo Matta.

La riqueza de un patrimonio cultural rural, que viene desde la Colonia -época sustancial en la formación de nuestra identidad-, y, a la vez, la conciencia de la precariedad de ese mundo unieron al arquitecto Hernán Rodríguez y a las historiadoras Teresa Pereira y Valeria Maino en un proyecto que les tomó cinco años.

A esta investigación se sumó Roberto Edwards con su equipo fotográfico, de diseño y diagramación. El fruto es un libro de gran formato cuyo texto está respaldado por elocuentes fotografías de gran calidad.

"Rescatar el valioso patrimonio que constituyen las casas de campo y la cultura que representan" fue el motivo de esta investigación, según se expresa en el capítulo introductorio, que cautiva al lector para adentrarse en el mundo de cada una de aquellas familias que por generaciones se han esmerado por conservar sus propiedades.

"Es notable el compromiso de los dueños con estas casas; son capaces de mucho por mantenerlas, están unidos a ellas de manera pasional. Sólo eso puede explicar que una familia persevere en una casa que puede tener 1.500 metros cuadrados, sin fundo", señala Hernán Rodríguez, director de la Fundación Andes y miembro de la Academia Chilena de la Historia.

"La casa de campo es mucho más que un patrimonio arquitectónico, representa una forma de vida; es a la vez historia social, historia de la propiedad, historia de la familia, de los usos y costumbres rurales", agrega Teresa Pereira, también académica de la Historia.

Desde La Serena

La idea original fue abarcar las casas del Valle Central, donde se conceden las primeras encomiendas y mercedes de tierras, con la intención de seguir su evolución hasta la actualidad. La investigación se fue ampliando hasta incluir, en dos volúmenes, casas del valle del Elqui al valle del Maule.

Los autores comenzaron por consultar álbumes agrícolas chilenos para tener un catastro de las casas patronales construidas antes de 1900, obteniendo un listado de cerca de doscientas cincuenta. Al recorrer, advirtieron que pocas quedaban en pie, lo que motivó la urgencia del proyecto. "...el número de estas casas ha disminuido en forma dramática en los últimos cuarenta años, debido a las inclemencias del tiempo, al desastre natural de los terremotos, y a las consecuencias de la Reforma Agraria, que afectó irreversiblemente la mantención y conservación de gran parte de estos conjuntos arquitectónicos rurales", explican los autores.

"A pesar de darme cuenta de que se había perdido mucho, fue fascinante advertir que muchas casas subsisten, que se pueden visitar y fotografiar, conversar con sus dueños, y que tenían una identidad", acota Teresa Pereira.

La propiedad ideal para el estudio era la originada en el periodo colonial, que permaneciera habitada hasta hoy, ojalá por la misma familia. Cuatro fueron las excepciones: "San José del Carmen de El Huique" (monumento nacional, donado al Ejército de Chile, y abierto al público como museo); "Concha y Toro" y "Santa Rita", hoy casas institucionales de sus respectivas viñas, y "Las Majadas de Pirque" construida en 1904, donde se organizan conciertos y otros eventos.

Como ratones de biblioteca, los investigadores rastrearon antecedentes en más de mil testamentos, escrituras y documentos de los cuales algunos fue necesario descifrar por un paleógrafo. Les interesaba el historial del bien raíz, el origen de su nombre, hasta derivar en las casas.

El origen de todas estas casas es rural. Algunas pertenecieron a los Jesuitas antes de ser expulsados en 1767, otras eran fundos que estaban en cruces de camino y cuyos dueños daban hospitalidad a los viajeros. Muchas siguen estando en pleno campo. En algunos casos la ciudad creció hasta las puertas de la hacienda, como en "Lo Fontecilla" y "Santa Rosa de Apoquindo" en Las Condes, y "Alfalfares" en La Serena (abajo en la foto). Otro criterio determinante de selección fue que las casas no hubieran sido modificadas en su arquitectura original, y que estuvieran en buen estado, bien pintadas, sin vidrios rotos ni averías en el techo, adecuadamente puestas en su interior. Hubo casas que estaban en proceso de restauración y que no podían ser fotografiadas, otras destruidas por incendio o retroexcavadora en el intertanto. De ahí que los autores aspiran a que este libro tenga un sucesor, pues inevitablemente quedaron algunas afuera.

Tejas y mármoles

La mayor parte de estas casas de campo son de estilo chileno, de adobe, con corredores, techo de tejas, pastelones de greda. "San José del Carmen de El Huique" es una perfecta representación de la tradicional casa chilena. Un tercio de estas casonas tienen capillas u oratorios (entre otras, "Marrueco", "Los Lingues", "Los Huertos de Naltahua", "Pencahue", "La Estacada", "Calleuque"). Muchas conservan construcciones anexas como bodegas, corralones, lechería... Pocas tienen fecha precisa de construcción, lo común era que se les fueran agregando alas a medida que crecía la familia o mejoraban las cosechas.

A partir de 1840 el paisaje rural cambia. Consolidada la República, el agro comenzó a mejorar y a diversificarse respecto del giro ganadero, lo más propio del periodo colonial. Valeria Maino -miembro de la Academia de Historia Naval- destaca que la construcción del ferrocarril hizo posible la explotación de zonas apartadas y facilitó el transporte no sólo de productos agrícolas sino de nuevos materiales de construcción. La disponibilidad de maquinaria más moderna, las obras de regadío y la apertura de los mercados llevaron a incursionar en nuevos cultivos como el trigo o los viñedos.

Esta transformación en la agricultura se manifestó también en el estilo de las casas patronales. La mayor frecuencia de los viajes trajo aires arquitectónicos extranjeros. Las villas europeas de la Toscana italiana, de la Provenza francesa y de la campiña inglesa comenzaron a inspirar las futuras edificaciones. Las iglesias de "Los Maitenes de Ocoa" y de "Santa Rita" fueron reconstruidas en estilo neogótico después de un terremoto. Comienzan también a levantarse residencias que combinan tendencias europeas con aspectos criollos. Un ejemplo es "Las Rosas de Chiñihue" (Melipilla), que perteneció a don Claudio Vicuña, una mansión palladiana, decorada en cielos y muros, cuya planta se proyectó en forma de U. "Santa Rita" (Alto Jahuel) es una villa italiana también en U. La fachada de "Ostolaza" (Melipilla) es de estilo tudesco y grandes ventanales, pero sus partes laterales y posteriores son de estilo chileno.

"Las Majadas de Pirque" -un romántico castillo estilo renacimiento francés- fue la "sorpresa" que los hijos le dieron a su padre Francisco Subercaseaux al volver de su estadía en Europa.

"Santa Amelia de Almahue" -en 1897 la hacienda agrícola de más alto avalúo de Colchagua- tiene un chalet con baranda y luminosos ventanales que bien podrían ubicarla en Viña del Mar. Fue mandada a construir por Roberto Lyon y Amelia Lynch. Y como la vida da muchas vueltas, Ismael Pereira, heredero que hoy habita esta casa, es casado con Ana Irarrázaval, quien desciende de don Fernando de Andía Irarrázaval y Zárate, propietario de Almahue en 1627.

Hasta 1751 propiedad de los mercedarios, "Alfalfares" sería luego el centro social, cultural y político de La Serena. Su nuevo dueño Felipe de Esquivel fue alcalde de La Serena y Procurador General. Su hija casó con José Fermín Marín y Aguirre, descendiente del conquistador Francisco de Aguirre. Desde entonces el apellido Marín no se ha interrumpido y hoy son Fernando Marín Amenábar y su esposa Cecilia Errázuriz Arnolds quienes mantienen flamante en su exterior e interior la casa de dos pisos estilo victoriano que reemplazó a la antigua casona que se vino al suelo en 1880.

Muchas de estas casas conservan su valioso mobiliario. Destacan los finísimos amoblados de dormitorio del chalet de tres pisos de "La Punta" (San Francisco de Mostazal), que fueron sacados a remate por el Gobierno de Chile después de haber agasajado a las delegaciones extranjeras para la celebración del centenario de la Independencia en 1910.

Preciosos y cuidados parques dan un especial atractivo a estas propiedades, como los diseñados por Guillermo Renner en "Las Rosas de Chiñihue" y en "Santa Rita", por Georges Dubois en "Las Majadas" y "La Punta", y Francisco Canova en "Ana Luisa de Cunaco". Es esta última una casa que, desde fines del siglo XVIII, se construye en tres etapas, y según Hernán Rodríguez, "es un excepcional conjunto que permite recorrer todas las etapas de la arquitectura rural chilena, desde la sencilla casa colonial en torno al patio hasta la elaborada casona victoriana siglo XIX, que se prolonga en las avenidas, perspectivas y laguna de un parque romántico".

El libro "Casas de campo chilenas" culmina con "Quivolgo", emplazada en la desembocadura del río Maule, donde en 1950 estuvo hospedado Jorge Inostrosa, quien incluyó el testimonio de algunos inquilinos que habían peleado en la Guerra del Pacífico, en su célebre "Adiós al Séptimo de Línea".

Al son de la campana

Trescientos, doscientos, cien años llevan estas casas en la misma familia.Teresa Pereira explica que los cambios de propiedad pueden establecerse en referencia a tres hitos: en 1850, luego en la década de 1930 por la crisis económica, y más tarde con la reforma agraria.

Los Maitenes de Ocoa pertenece a los Echeverría desde que fue comprada en 1771 tras la expulsión de los jesuitas. Otras prósperas haciendas de la Compañía de Jesús fueron "El Carmen" en Graneros, "Quivolgo" y "San Enrique de Bucalemu", que según la historiadora marchaba como una auténtica finca medieval, con casas, iglesia, talleres de curtiembre, telas y orfebrería.

"Un aspecto sociológico que me interesó fue que en muchos casos son las mujeres las que defienden la tierra. Mueren los padres, y son las hijas quienes están dispuestas a cargar con una casa antigua", reflexiona Valeria Maino. La austeridad de la vida campesina es un valor que destacan particularmente ambas historiadoras. Valeria Maino recrea la imagen de la típica casa de largos corredores, sin calefacción, donde cebollas, zapallos y papas debían alcanzar hasta la próxima cosecha.

Aparte de conservar las casas, muchas familias han preservado tradiciones y labores asociadas a su campo, como la fabricación de cerámica, ladrillos, chamantos y otras artesanías; también tradiciones culinarias, como los clásicos dulces y mermeladas. De gran trascendencia fueron y siguen siendo en algunas localidades las misiones, "la expresión religiosa y festiva más significativa del campo chileno" señalan los autores.

"Casas de campo chilenas" refleja los valores y la forma de vida de sus propietarios: "tradición, austeridad y permanencia". Una riqueza antes no explorada de la historia territorial de nuestro país. Una memoria de arraigadas y dignas costumbres como la que describe Hernán Rodríguez: "El campo está atento a la campana del fundo, que toca a diario para llamar al trabajo y al descanso, tal como lo está haciendo desde hace ciento cincuenta años cuando Marrueco comenzó su vida agrícola".
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1 comentarios:

A las 18 de enero de 2014, 8:41 , Blogger German CAbezas ha dicho...

Melisa,
he estado buscando casas que representen al campo chileno. Usted menciona estos dos libros publicados por la revista "Paula". Pedi a amigo en Chile que los comprara y me los trajera a mi casa aca en los Estados Unidos. Mi amigo regreso de Chile, hizo llamados, fue a la revista Paula y nadie sabia nada.
Quisiera importunarla y ver si pudiera darme alguna informacion que me de una pauta a seguirc para adquirir una copia de esos dos libros.
Le quedare infinitamente agradecido.
Sinceramente,
Germán

 

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