martes, 31 de agosto de 2010

HOMENAJE EN MEMORIA DE MONSEÑOR ALFREDO SALAS GALARCE

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Sesión 15ª, ordinaria, en miércoles 4 de agosto de 1993

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El señor URENDA (Vicepresidente).— En Incidentes, en el tiempo del Comité Demócrata Cristiano, el Honorable señor Díaz anunció que rendirá homenaje en memoria de Monseñor Alfredo Salas Galarce.
Tiene la palabra Su Señoría.

HOMENAJE EN MEMORIA DE MONSEÑOR ALFREDO SALAS GALARCE

El señor DÍAZ.— Señor Presidente, Honorables colegas:
En un caserío escondido entre lomajes y quebradas de la Cordillera de la Costa nació, en el año de la patria centenaria, Alfredo Salas Galarce.



El pueblo llamado "Ciruelos", de la comuna de Pichilemu, es parte de la antigua provincia de Colchagua, hoy Cardenal Caro, en homenaje a su coterráneo, el primer Cardenal de la Iglesia Católica chilena, José María Caro Rodríguez. Este pueblo está habitado por modestos agricultores y vecino a pescadores del mar Pacífico.

El relato bíblico en corro de diez hermanos se asemeja al paisaje que el niño Alfredo ve a diario en su comuna. La mies abundante en los campos de Judea se espiga en los rulos vecinos y clama por más segadores: las redes echadas en el mar de Tiberíades hace dos milenios repiten la pesca milagrosa en las playas de Cahuil o de Bucalemu.



El paisaje penetra por los ojos, la voz le toca la conciencia. Y el adolescente idealista se decide a ser segador de abundante mies y pescador de hombres.

El "Ven y sígueme" encuentra eco en su decisión madurada. Abandona la provincia para estudiar en el seminario de Santiago. Lo de la Capital será en él siempre un viaje, nunca una permanencia. Es hijo de provincia, y allí ejercerá su ministerio por siempre. Ordenado sacerdote, vuelve al
Seminario Cristo Rey como vicerrector, formador de seminaristas, siendo, años más tarde, su rector.

Esta relación con la juventud fue en él una constante a lo largo de su ejercicio sacerdotal: capellán del Sagrado Corazón, del Regimiento Membrillar (hoy, Lautaro) y de los Exploradores del Instituto O'Higgins, y fundador y profesor del liceo gratuito José Sarto, actividades todas de su Ministerio desarrolladas en Rancagua.
Cuando es trasladado a otras parroquias, el vínculo se mantiene: en San Fernando es rector y profesor de la Universidad Cardenal Caro y asesor de grupos juveniles.

Sus alumnos y sus ex alumnos lamentan su partida y esperan su regreso. Así lo hacen las ex alumnas del Sagrado Corazón, quienes lo esperaron 15 años, mientras permaneció en la
parroquia de San Fernando, gesto que él recuerda y agradece en el homenaje de su despedida.

Las instituciones de la Región y los enfermos del alma y también los del cuerpo son testigos de su inagotable actividad: teólogo en la Academia de Profesionales y Técnicos Católicos; buen samaritano; fundador de posadas para peregrinos y enfermos; guía y amigo scout.


Luis Ibáñez de la Rosa

En los campamentos elegía, junto con el religioso marista Luis Ibáñez de la Rosa, el lugar de privilegio para erigir el altar pequeño y rústico, en el marco del gran altar techado por el azul sin límites y amurallado por los macizos andinos. Allí oficiaba don Alfredo las misas del amanecer y rezaba los rosarios del crepúsculo. Allí creció la fe firme, cordillerana y rocosa de sus discípulos.

Era virtuoso en el concepto profundo de Gabriela Mistral. Nos dice la excelsa poetisa: "Yo no llamo "virtudes" a la mera pujanza económica, ni a la avidez que llaman ahorro, ni a la higiene pública, ni varias cosas más en que se resuelve la era moderna. Las nombradas no alcanzan la categoría de virtudes; apenas sí son cualidades o condiciones prácticas de vida.".


Las virtudes son para la Nobel chilena las que aprecia en nuestro mundo rural. Y así las señala: "En el campesino distingo unas partículas de señorío conservadas en la miseria más rasa, una generosidad que no se entiende cómo puede perdurar en medio de la hambruna; una ternura que es rebase del amor al prójimo y, en general, un sentir cristiano de la vida, idéntico al que subsiste en toda América indo-española y que forma la honra efectiva de nuestros pueblos".



Hoy han mejorado las condiciones de nuestro mundo rural, y se mantienen —a Dios gracias— sus rasgos característicos: prestancia sin melindres, generosidad sin alardes, ternura que reconforta y no abruma, fe sin beatería.




Don Alfredo pertenecía a una familia numerosa, que vivía en la dignidad del quehacer campesino. Tenía el señorío que se hereda y cultiva; la bonhomía del que nace y crece en nuestros hogares costinos; el humor sano que ahuyenta penas y contagia alegrías.

La comunidad lo conoció, lo amó, y hoy lo recuerda. La iglesia de la cual fue Ministro lo distinguió: el 13 dé octubre de 1989 el Santo Padre, Juan Pablo II, lo nombra Protonotario Apostólico Supernumerario, título que se ha concebido a sólo seis sacerdotes chilenos: monseñor Alejo Eyzaguirre, electo obispo de Santiago, quien renunció antes de consagrarse, y monseñores Luis Campino, José Horacio Campillo, Juan Francisco Fresno, Luis Enrique Baeza Guzmán, Alejandro Huneus Cox, todos los cuales, a excepción de monseñor Salas, fueron nominados en Santiago.
En la antigüedad, los protonotarios fueron un colegio romano encargado de recoger las actas del martirio de los cristianos muertos por la fe. Este oficio existía en Roma ya en el siglo III, y es anterior, por lo tanto, al Colegio de Cardenales, que lo continuó.

La dignidad de Protonotario Apostólico es la más alta que el Santo Padre concede a un sacerdote, y lo hace en virtud de excepcionales merecimientos del agraciado para con la Iglesia.
A los 56 años de haber ejercido su ministerio sacerdotal activo, y obedeciendo a razones de salud, monseñor Salas presenta su renuncia al cargo de párroco.

Sus restos mortales hoy yacen en la cripta de la catedral de Rancagua, junto a los de los héroes caídos en la batalla del 1° y 2 de octubre de 1814. En la morada del Padre estará su alma premiada. Y, como Pedro en el monte Tabor, dirá extasiado: "¡Qué bien estamos aquí!", y levantará carpas para compartir con sus amigos que le precedieron.
Señor Presidente, rindo en este Honorable Senado un homenaje al humilde hijo de Ciruelos, coterráneo del primer cardenal de este país, émulo del santo cura de Ars y alto dignatario de la Iglesia Católica chilena, monseñor Alfredo Salas Galarce.
He dicho.



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MONSEÑOR ALFREDO SALAS GALARCE EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO 1910 - 2010
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