viernes, 17 de septiembre de 2010

El estilo de vida de las familias en las haciendas tradicionales

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Viernes 17 de Septiembre del 2010





Graciela Urrutia Cruzat:

Hace algunos días, Graciela Urrutia Cruzat estuvo de cumpleaños. No fue un aniversario cualquiera. La "Memé", como le dicen sus nietos, cumplió 100 años y justamente para el Bicentenario. Por eso el pasado 28 de agosto, sus seis hijos y 26 nietos le tenían una sorpresa: la esperaron a mediodía en el Estadio Las Condes, con dos tortas grandes de 100 velitas cada una, un grupo de mariachis encargados de interpretar el infaltable cumpleaños feliz, además de una corona y banda de "Miss Centenario".

Sus seres queridos se preocuparon de cada detalle. Organizaron una misa que ofició el jesuita Agustín Moreira, e incluso le mostraron una película antigua de 1930 en la que aparecía su marido Elías Valdés Echeñique en la Hacienda de Calleuque, donde juntos formaron esta gran familia.

"Me encantaba el campo, yo soy muy tranquila y muy casera", cuenta la centenaria Graciela Urrutia.

Allá se fue a vivir a los 23 años, cuando se casó con Elías Valdés, quien muy temprano se hizo cargo de este campo familiar de casi siete mil hectáreas. Llegaron a vivir a una casona de adobe, estilo colonial, de más de 200 años de antigüedad, que en sus principios fue habitada por los jesuitas como un lugar de retiro.

"Mi madre pasó a dirigir una casa patronal enorme, con un personal muy numeroso. Había jardinero, mozo, cocinera, deben haber sido entre 10 y 12 personas las que trabajaban en el lugar", recuerda el primogénito, Elías Valdés Urrutia (75). Cuenta que la hacienda, entre otras cosas, tiene una gran iglesia capaz de albergar a 300 personas y un teatro con una capacidad de 200 espectadores.

En 1935, la "Memé" decidió viajar a Santiago para dar a luz a su primer hijo, Elías. Se hospedó en la casa de sus suegros para prevenir cualquier complicación en el parto. Esta decisión la aplicó con todos sus hijos, pero la niñez de cada uno se desarrolló en el campo. Entre paseos a caballo, juegos con los hijos de los trabajadores e idas y venidas a las siembras de trigo, crecieron los cinco primeros niños del matrimonio. Como no había ningún colegio en el sector, contrataron a una profesora particular para los niños.

"La profesora Rosa Carrasco llegó a la casa cuando yo tenía seis años, era una especie de institutriz. Y como había sido monja nos hacía levantarnos muy temprano, después rezar, y hacer todo tipo de tareas, como si estuviéramos en un colegio", cuenta Elías.

Graciela Urrutia era una mujer de avanzada para la época. A los 19 años ya trabajaba en el Ministerio de Fomento como secretaria para ayudar económicamente a su familia. Luego, al casarse aprendió a manejar y era ella quien llevaba a su marido en auto a diferentes partes. Al instalarse en Peralillo no se quedó de brazos cruzados. Como había estudiado piano desde niña en el Conservatorio, aprovechó ese talento para formar un coro con las esposas de los obreros de Calleuque y enseñarles a cantar. Además, les hacía clases de cocina y las instruía a criar bien a sus hijos.

En su tiempo libre le gustaba tejer: "Tejía mucho, me encantaba. A mis niñas chicas les hacía vestidos. A mi marido Elías le hacía suéteres y chaquetones. También me gustaba mucho leer", cuenta la centenaria.

Su marido, en tanto, se preocupaba de administrar las siembras de trigo y la ganadería, que eran la principal fuente de ingreso del campo. Además, tenía a su cargo a más de 200 trabajadores. Pero no sólo se dedicó a sus tierras, también contribuyó a la misma comuna de Peralillo. A mediados de los 30 salió elegido alcalde de la zona. En 1939 impulsó un proyecto que transformó el pueblo: inauguró la luz eléctrica en toda la comarca. "Con la luz, todo cambió completamente", acota Graciela. Recuerda que por mucho tiempo se acostaron muy temprano y que "en la noche andaba un hombre que encendía un farol".

Cuando su hijo mayor cumplió 10 años, la familia decidió mudarse a Santiago para que los niños accedieran a una buena educación. Elías Valdés, en cambio, se quedó en Calleuque y viajaba en tren cada 15 días a visitar a su mujer e hijos.

Esa costumbre la heredaron sus hijos. Hoy, de los siete hermanos, cinco siguieron los pasos de su padre y actualmente viven de lunes a viernes en Peralillo trabajando en el campo. Los fines de semana viajan a visitar a sus familias.

"Con la luz, todo cambió en Peralillo. Antes andaba un hombre que encendía un farol".



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