domingo, 17 de enero de 2010

Las algueras de Pichilemu

EL MERCURIO
REVISTA YA
Fecha: 12 de enero de 2010

Primer sindicato de mujeres algueras y mariscadoras:


Recolectaban algas al lado de sus maridos en Pichilemu. Las mujeres no ganaban ni un peso por su trabajo. Otras sufrían de violencia intrafamiliar en silencio. Hasta que Lidia Jiménez las alentó a integrarse a un sindicato de algueras y mariscadoras para recobrar la voz. Ésta es la historia de su batalla por la liberación.

María Paz Cuevas.
Hace poco salió el sol en Pichilemu, y en las calles de la ciudad no anda ni un alma. Son las siete de la mañana y los negocios céntricos de empanadas, completos, papitas fritas, pelotas de goma, palas plásticas, churros, están cerrados. No hay colectivos. No pasan los microbuses destartalados que recorren el balneario de día. En el verano, Pichilemu despierta tarde. Pero en la playa es otra cosa. Ahí, los botes de los pescadores ya atracan en la orilla, y un hombre con la piel curtida por el sol, arriba de un tractor, arrastra los botecitos con sus redes llenas de erizos, cochayuyo y choritos hasta la arena. Algunos surfistas, con sus trajes puestos y las tablas bajo el brazo, se dirigen hacia el mar. Y dos mujeres con las manos en los bolsillos de sus chaquetas caminan por el borde costero. Lidia Jiménez (43) lleva su pelo negro amarrado a una trenza que le cae por la espalda y una mochila té con leche al hombro. Su hija Siria (18) tiene los ojos pegados de sueño y va acurrucada en su chaqueta con chiporro.

Un poquito antes de las ocho de la mañana ambas bajan a la arena de La Puntilla, se sacan las zapatillas, los pantalones, las chaquetas, y dejan la ropa y la mochila sobre una roca. Ambas se adentran en el mar gélido con traje de baño, poleras y los calcetines puestos. Trepan por las rocas ágilmente. Se agarran con las manos, se adhieren con los pies sobre la superficie pedregosa y filuda, empujan algas para ver dónde pisan, y se montan de nuevo en otras rocas verdes de algas, cochayuyos, luga, caracoles de caparazones negros, choritos nuevos del porte de un poroto, piures que respiran por sus bocas rojas, erizos en crecimiento, lapas y locos. Avanzan un buen trecho con las piernas entumidas. Arriba de una roca alta, Lidia mira al horizonte y, abarcando con su índice un largo y rocoso trecho de la playa, dice sonriendo: "Todo esto es nuestro, de las mujeres". El trecho de playa que señala es el área especial de manejo que tiene el primer sindicato que hubo en Sudamérica de pescadoras, algueras y mariscadoras de Pichilemu, que Lidia formó y preside desde el año 2001 que hoy está integrado por catorce mujeres. Un espacio donde sólo ellas, las socias del sindicato, pueden recolectar algas y mariscar. Un espacio que ganaron después de nueve años de discriminaciones y peleas. Principalmente en contra del machismo de sus colegas y de sus propios maridos, la mayoría buzos y pescadores.


Mujeres mudas en la orilla

1990. Lidia tiene 19 años, un bebé de siete meses llamado Felipe y un marido buzo que está recolectando mariscos en las profundidades del mar de Pichilemu. Está sentada en la arena, a la orilla del mar, amarrando montones de cochayuyos, mientras Felipe duerme a su lado, tapado del sol. Lidia creció en La Florida, en Santiago, pero empezó a venir a esta playa desde que era una niña. Tenía tíos maternos que pescaban en el balneario y así se enamoró. Del mar y de Jorge, un buzo que conoció durante unas vacaciones cuando era adolescente, que a los 18 años la dejó embarazada y se la llevó a Pichilemu para casarse con ella. Por eso Lidia está aquí, trabajando a orillas del mar. Su trenza larga llega hasta por debajo de la cintura y lleva falda sobre el pantalón. Su marido dice que las mujeres deben ser así: de pelo largo y faldas. Y Lidia le hace caso, porque lo quiere y porque Cocolo, como le dicen a Jorge en la costa, también la quiere y siempre le dice que está enamorado de ella. Por eso Lidia lo ayuda amarrando cochayuyos y sacando luga, un alga parda. Igual que tantas otras mujeres que bajan hasta ahí con sus hijos, de la edad que sean, para trabajar junto con sus esposos.

Mientras amarra cochayuyos -los tiende al sol durante 15 días, por un lado, otros 15 días por el otro- Lidia observa a las demás mujeres. Cuando a los pocos años, empieza a llevar con ella a su segunda hija Siria a la orilla, las sigue viendo. Mientras recolecta luga a mano, como debe hacerse, porque si la luga se corta con cuchillo no vuelve a crecer más, las mira hacer lo mismo que ella. Lidia ve a las otras esposas de pescadores uno, dos, tres años en la orilla. Cuatro, cinco, seis, siete y ocho años más. Y su pena va creciendo. Porque las ve trabajar sin luz ni agua, al lado de maridos que muchas veces las golpean y se toman la plata. Porque sabe que la mayoría de ellas no recibe ni un solo peso por la sacrificada labor que están haciendo, mientras sus esposos se quedan con todo el dinero de la cosecha y, además, están amparados por sus sindicatos masculinos. Porque ella, que es de Santiago, tiene otra mentalidad y cree firmemente que una mujer que trabaja también debe recibir un salario. Lidia ve a las otras mujeres mudas en la orilla. Desvalidas y sin chistar. Y por eso piensa qué hacer al respecto. Piensa, mientras amarra cochayuyo y saca luga durante todos esos años. Hasta que una mañana de 1998, sentada junto a Cocolo en la orilla, se le enciende la ampolleta y le dice:

-¿Sabes qué? Podríamos hacer un sindicato de mujeres pescadoras y algueras.

-¡Y pa'qué querís un sindicato de mujeres! -le contesta su marido.

-Bueno, porque no tenemos ningún beneficio. Ustedes los hombres tienen trajes especiales para meterse al agua y nosotras también podríamos tener. Y podríamos trabajar más abrigaditas.

Ahhhh, sería bueno eso. Que trabajaran calientitas, piensa Cocolo.

Lidia, que todavía es tímida, usa su trenza larga y falda arriba del pantalón para trabajar, decide entonces ir a la oficina del Servicio Nacional de la Mujer en Rancagua para proponerles la idea. Y empieza de a poco a contarles sobre la iniciativa a esas mujeres que ha observado durante años recolectar algas en silencio.

Machismo en el mar


Son 35 mujeres las que gritan de felicidad en la capitanía del puerto de Pichilemu. Es 10 de mayo de 2001 y todas, alentadas por Lidia, celebran el nacimiento del Sindicato de Algueras de Pichilemu con sus credenciales de mariscadoras en mano. Greti Mancilla está ahí. Tiene 34 años y lleva más de diez recolectando luga junto a su marido. Llegó desde Osorno, casada, y así aprendió a recolectar. Su esposo la apoyó para entrar al sindicato y ahora, por primera vez, va a trabajar como independiente. Igual que Lidia y las demás. Sin embargo, en Pichilemu la formación del sindicato ha sido una revolución mayúscula durante cuatro años, desde que el año '98 Lidia empezó a entusiasmar a las demás. Al principio, en el Servicio Nacional de Pesca (Sernapesca) no habían querido saber de esta formación. "Estaban acostumbrados a trabajar con hombres de otra manera, y no querían complicarse con nosotras. Pensaban: "Si las tocamos, nos van a acusar de quizás qué". No sabían cómo tratar con nosotras", explica Lidia. Tampoco los pescadores habían estado muy contentos. Dijeron: "Ellas no son nada. Ni mariscadoras ni pescadoras. Ellas sólo saben cuidar cabros chicos y cocinar". Algunos maridos incluso les pegaron a sus mujeres para amedrentarlas e impedir así su asociación al sindicato. A Lidia, anónimos conductores le tiraron el auto encima en la calle. Pero tuvieron el apoyo de la Marina y del doctor Sandoval del consultorio de Pichilemu, quien se encargó de comprobar y certificar que todas estaban en óptimas condiciones físicas para trabajar en el mar. "Bien buena. Han trabajado toda su vida y ahora les vienen a poner obstáculos", les dijo el médico. Por eso ahora las mujeres celebran con sus credenciales su nueva independencia.

Y pronto las cosas empiezan a cambiar. Las que antes eran mujeres mudas en la orilla, les dicen a sus maridos: ¿Y con qué derecho me pegas? Yo necesito estas cosas. Yo valgo. Yo no te quiero más. Nos separamos. Yo tengo derechos. Algunas dejan atrás historias de violencia y abuso. Otras no lo logran. El temor es más fuerte y no se asocian. Mientras, Lidia avanza. No sin dificultades. A su marido los otros buzos lo molestan y le dicen que su esposa le pone el gorro durante esos viajes que hace por el sindicato. Cocolo le pregunta a su mujer si tiene a otro, a qué hora va a llegar, se le despiertan los celos cuando su señora va a reuniones sindicales, donde ella es la única mujer versus ochenta hombres. Ya no trabajan juntos y, además, ella se ha convertido en dirigenta. Pero Lidia le dice que lo quiere igual que siempre. Y sí, lo quiere igual que siempre. Por eso, sufre tanto, cuando su marido fallece en un accidente a caballo el año 2006 y ella se queda viuda a la cabeza de una casa, dos hijos y un sindicato.

A pesar de la desgracia, las algueras empiezan a ver los frutos de una pelea que no cesa, que todos los días implica insultos por parte de los pescadores en la playa, amenazas de hombres que las ven como unas sublevadas con un título que no merecen. Con el apoyo de la Marina, del pueblo y del Sernam regional, el año 2006 les dan un área propia de manejo en La Puntilla, donde hoy sólo ellas -o algún buzo contratado por ellas- pueden sacar especies. Al poco tiempo, les regalan 35 trajes de goma y utensilios de pesca, mallas y nylon para que puedan tapar sus cochayuyos cuando llueve. Y en 2008, un capitán de la Marina les entrega un container para que tengan dónde vestirse, desvestirse, cocinar y dormir en su área de manejo. Les ayuda a construir una terraza donde la gente las observa mariscar. Eso es un panorama para el turista: cuando las catorce mujeres, en marea baja, entran al mar, se montan en las rocas y empiezan a cortar la luga con las manos. Mientras, otras tienden el alga en unas dunas cerca del container y algunas cocinan para las demás. Luego venden lo que han recolectado a intermediarios, que después ganarán el doble o el triple cuando les revendan los productos del mar a empresas que se llevan todo hasta Rancagua y San Antonio. Las algueras ganan entre 200 mil y 250 mil pesos en verano. A veces nada o 50 o 70 mil pesos en invierno. Por eso también hacen pitutos: venden artesanías, trabajan en locales, hacen aseo, recolectan hongos en los bosques. Algunas sacan de sus casas y esconden a otras mujeres del balneario golpeadas por sus esposos, a través del programa que gestaron Huellas de Mujer. Las acompañan hasta que pierdan el miedo y se atrevan a denunciar.

Y siempre están pendientes de su pedacito de mar. Establecen turnos para vigilarlo. Para que no entre ningún buzo ni pescador a sacarles una especie prohibida, como el loco. Ahí, las algueras llaman a la Marina o al Gope de Carabineros, quienes multan con una UTM (37 mil pesos) por loco, a quienes los están extrayendo ilegalmente. Las algueras son bravas y femeninas al mismo tiempo. Dice Lidia: "Vemos que no saquen especies chiquitas ni prohibidas. Un loco se demora cinco años en crecer. El piure y los erizos, dos años. La pesca indiscriminada ha dejado áreas peladas, pero la de nosotras está llena de guagüitas, de erizos gordos y algas. Eso es, porque la cuidamos. No pensamos como los hombres: pan para hoy y hambre para mañana".

Buceando por un sueño



En diciembre, siete de las catorce socias del sindicato hicieron un curso de buceo brindado por Sonapesca.

Entremedio del roquerío, Lidia se saca su polera rosada y queda en traje de baño. Envuelve unos caracoles que sacó de las rocas en su polera y los lleva a la orilla. "A éste le dicen el sector de las Amazonas. Cuando estamos todas en el mar, en las rocas lugueando, tiramos tallas. Les tiramos piropos a los surfistas y algunos salen colorados. ¡Si las mujeres en el mar somos unas yeguas!", ríe a carcajadas. A lo lejos, ve a un joven en medio de un acantilado, sacando locos y metiéndolos en un saco. Lidia trepa velozmente por las rocas. Llega en un dos por tres hacia él. Se agacha hacia el joven. Toma entre sus manos los locos que ha sacado y los devuelve al mar. Le dice que eso no se puede hacer. Que si quiere sacar otras cosas, no hay problemas, pero locos no. Al rato, Lidia se desviste detrás de unas piedras y se pone ropa seca. Arrastra una mata de cochayuyo por la arena como si fuera una pluma y dice: "La luga está larguita. Luego la venimos a cortar".


Lidia Jiménez, presidenta del Sindicato de Algueras (de pie y traje de buzo) junto a las mujeres que tomaron el curso de buceo. Cuando obtengan sus credenciales podrán mariscar en otros espacios fuera de su área de manejo.

Las mujeres del sindicato no han venido por estos días a trabajar: en diciembre, siete de ellas, Lidia y Siria incluidas, estuvieron diez días en un curso intensivo de buceo de Sonapesca. Y el 14 de enero tendrán que dar un examen teórico y uno práctico para obtener credenciales de buzos. Ahí ya no será necesario que contraten hombres para esas labores y las mujeres podrán extraer otros recursos fuera del área de manejo. "Los hombres siempre nos miran como inferiores. Creen que nunca van a haber mujeres buzos, que nunca lo lograremos. Por eso quiero que den el examen y ejerzan", dice Greti Mancilla. Kathy Arenas (22), hija y nieta de pescadores, también va a rendir la prueba. Desde el año 2007 está junto con su madre en el sindicato. "Al trabajar entre mujeres no tienes las restricciones de trabajar con hombres. Nos podemos vestir y desvestir en la playa. Lo pasamos bien. Ganamos nuestro dinero. Y entre mujeres nos entendemos mejor", dice. Natalia Olivares (22) comparte: llegó al sindicato hace pocos meses, después de haber tenido un hijo y con depresión. "Estar con ellas me subió el ánimo, mejoró mi calidad de vida".

Por eso Lidia también sueña más. Ahora planea que algunas puedan tomar cursos de buceo con compresor para poder sumergirse a mayores profundidades y empezar a cotizar colectivamente para que todas tengan una jubilación. Hasta ahora, ninguna cotiza para la vejez. "También queremos hacer uso de hartos beneficios que desconocíamos. Antes no sabíamos nada, porque los hombres tenían escondidos todos los proyectos y beneficios de la pesca artesanal. Hacían de esa información un dominio. Ahora supimos que hay becas de estudios superiores para nuestros hijos y queremos pedirlas. Mientras una está viva, sueña hasta el final", dice Lidia.

Sentada al lado de su cochayuyo, Lidia entonces se seca los pies, llama a un taxi de un amigo por celular y se pone las zapatillas. "¿Feminista yo? No. Me gusta la igualdad. Quiero que seamos iguales. Los países crecen de la mano, no uno atrás y otro adelante. Somos mujeres y tenemos derechos a estos recursos que hemos trabajado toda la vida". Suena su celular: el taxi está esperándolas. Entonces Lidia, con su mochila al hombro y arrastrando las algas, sube hasta el camino del borde costero, sacude en el aire las ramas de cochayuyo, como si fueran una sábana, y las mete en la maleta del taxi para volver a casa junto con su hija.

María Paz Cuevas..

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