martes, 3 de agosto de 2010

Ciruelos, recuerdos de mi pueblo natal

Joaquín Lagos Arraño

De su libro Ciruelos, recuerdos de mi pueblo natal.
Los felices e inolvidables días de mi infancia

1º DE NOVIEMBRE, DÍA DE LOS MUERTOS
Publicado en la sección Cartas/Tribuna de LAS ULTIMAS NOTICIAS del día Domingo 1 de noviembre de 1992




En mi pueblo natal, Ciruelos, ubicado a unos pocos kilómetros de Pichilemu, existe una iglesia de adobes más que centenaria, que tiene la forma de una T y cuya nave principal está destinada a las mujeres y niños, debiendo los varones ocupar las dos naves laterales.



En uno de sus corredores, pues posee en su contorno una especie de claustro, existen dos campanas que cuando en aquellos años llamaban a los feligreses, repicaban alegremente en un acompasado y característico ritmo, mezcla curiosa de cueca y de zamba, que nunca más he tenido la oportunidad de oír en ninguna parte en Chile o en el extranjero.



De los párrocos de mi pueblo, guardo un especial recuerdo de don Jaime Planells, quien allá por la década del 20 fue famoso por sus sermones y por la realización de hermosas fiestas religiosas que atraían gran cantidad de lugareños de todos los alrededores y a las cuales asistían mujeres cubiertas de manto, generalmente oscuros, como era la costumbre de aquellos años.
La conmemoración del Día de los Muertos, el primero de noviembre, se celebraba a las 10 de la mañana con una misa solemne y en esa oportunidad la iglesia se adornaba con crespones negros, se tapaban las ventanas con cortinas oscuras y se colgaba detrás del altar un enorme lienzo negro con una cruz blanca al medio; por lo que el recinto debía ser iluminado con candelabros y velas que daban al ambiente un aspecto imponente y sobrecogedor.

En el momento del sermón don Jaime Planell adquiría destellos inolvidables que se quedaron grabados en mi mente infantil, pues en vibrantes palabras dirigidas a la concurrencia que esos días colmaba las tres naves de la iglesia, instaba a todos a ser buenos cristianos para alcanzar después, en la otra vida, la gloria eterna. Y como para llegar a ello se requiere necesariamente pasar por la muerte, empezaba a referirse a los seres que ya habían fallecido, utilizando frases emotivas que electrizaban a los presentes, en especial a las mujeres.

Los efectos de los sermones eran impactantes, pues cuando en su exaltada oratoria don Jaime comenzaba a referirse a quienes ya se habían presentado ante Dios, se iniciaba un murmullo mezcla de lamentos y sollozos mal contenidos de las mujeres, emocionadas con las palabras llenas de sentimiento de nuestro buen párroco; murmullo que iba “in crescendo” como marea en un temporal, con gran angustia y desesperación de mi parte que sólo atinaba a aferrarme al vestido de mi madre.

Este ruido de fondo parecía incentivar a don Jaime, quien con renovado entusiasmo proseguía su sermón impactando cada vez más a los presentes; éstos, a su vez, se sentían más y más arrastrados por las fogosas palabras del orador y las mujeres empezaban a descontrolarse a causa del ambiente contagioso ya generalizado, aumentando cada instante el tono de sus manifestaciones de dolor. Y el murmullo que se inició temeroso, mesurado, se convertía en un llanto general que sólo era sobrepasado por las palabras fuertemente pronunciadas por don Jaime en un desesperado afán de conseguir que lo oyeran.
Esos momentos, en que sufría abrumado por el espectáculo sobrecogedor que presenciaba, se mantenían por un rato en el que era posible observar una especie de lucha entre dos ardorosos contrincantes; el párroco que necesitaba ser oído por la concurrencia y el llanto que estallaba en toda su intensidad, disputándose ambos la primacía.
Hasta que una frase del orador, cual gota de agua que colma el vaso, producía el clímax de este frenesí y en ese momento todos, hipnotizados, literalmente nos tirábamos al suelo para arrodillarnos y pedir misericordia, a medida que nos golpeábamos el pecho con mucha unción.
Sólo a partir de este instante don Jaime Planell, agotado, daba término al sermón con algunas frases adecuadas y la señal de la cruz, y a medias restablecida la calma y la normalidad proseguía la misa interrumpida de vez en cuando por un sollozo entrecortado, la que todos seguíamos extenuados por el desgaste emocional experimentado.
Cuando suelo evocar estos recuerdos me he preguntado con curiosidad cómo reaccionarían los hombres durante estas misas, puesto que por mi corta edad debía estar al lado de mi madre; pero es razonable suponer que más de alguno debió derramar sus lagrimones en la imposibilidad de sustraerse al ambiente de dolor que pesaba como una lápida.
En algunas ocasiones he contado a mis hijos y amigos estas escenas singulares de mi vida, quienes las escuchan con estupor e incredulidad, lo que hace que me asalte la duda si habré soñado que viví estas experiencias realmente dignas de Ripley. Pero no, ésta y otras situaciones típicas y únicas que viví en los primeros años de mi vida son reales y forman parte de la rica historia de mi recordado y querido pueblo natal.


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Estado de la Iglesia de Ciruelos después del terremoto 8.8 grados richter del 27 de febrero de 2010



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1 comentarios:

A las 4 de noviembre de 2010, 8:39 , Blogger Carola ha dicho...

Existe una cuenta en el Banco Estado para el aporte de la Reconstrucción
Nº Cuenta 39060805370

Hagan sus aportes!!!!!!!!!

 

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