lunes, 22 de diciembre de 2008

Los abuelos "Obama" en Chile

Revista "Viajes" de la Tercera
dic. 22 , 2008

ESCRITO POR L.A. Ganderats



"Los abuelos 'Obama' en Chile", publicada el 21 de diciembre pasado en la Revista "Viajes" de la Tercera, Luis Alberto Ganderats

En Chile, durante el siglo 17, había más mulatos que blancos. Eran unos 22.000 hijos de africanos y españoles, que no se fueron ni tampoco murieron sin dejar hijos. Esos Obama –uno de cada 10 chilenos de la Colonia tenía sangre africana-- son los remotos abuelos y abuelas de millones de chilenos, aunque no sea el nuestro un país de notoria presencia negra. Esa sangre se fue repartiendo, diluyendo, hasta hacerse poco visible hoy día. Pero si nos fijamos bien en aquel amigo o pariente que llamamos "negro" descubriremos que el color de su piel no es indígena, y a veces el pelo rizado o los labios gruesos nos siguen recordando –aquí y allá-- que África es parte importante de nuestra historia étnica y social. En el Parlamento existe hoy a lo menos un congresal de aspecto mulato. No es el primero. José Romero se llamó el hijo de esclava negra y padre chileno-español que ocupó el cargo de oficial de sala o edecán de la Cámara de Diputados en su primeras décadas, y cuya imagen hemos visto en el Museo Histórico Nacional y en el Cementerio General. El “zambo peluca”, como le llamaban por su abundante pelo rizado, luchó con valor en 1813 bajo las órdenes de O´Higgins y los Carrera. Romero fue miembro del Regimiento de Infantes Pardos, encargados en su tiempo de proteger las casas comerciales de los grandes ricos de Santiago.

La presencia mulata creció levemente después del siglo 17 con los esclavos que llegaron a la minería del Limarí, Quillota y Marga-Marga, y también cuando territorios de Perú y Bolivia, y parte de sus poblaciones, pasaron a Chile como consecuencia de la Guerra del Pacífico. Esos abuelos negros venían de Cabo Verde, Angola, Guinea y otras áreas de África, y llegaron desde los tempranos días de Diego de Almagro, quien trajo unos 150 hombres de sangre africana entre su gente. Algunos de ellos resultaban sospechosos a los indígenas, que los creían blancos embetunados, y no pocos murieron en las brutales limpiezas de piel con corontas de choclo. Los mulatos o negros fueron casi siempre parte de la servidumbre doméstica: guardianes, porteros y caleseros vestidos de librea. Las mujeres: amas de llave, nanas de las jóvenes, o recaderas, responsables de llevar recados de casa en casa.

El africano daba especial brillo social al propietario. Al abolirse la esclavitud, muchos señores se resistieron a la expropiación. José Miguel Infante, miembro de la Junta de Gobierno, denunció en 1823 –ya en días independientes—que 2.000 esclavos y 400 jóvenes “han sido arrancados de los hogares de sus dueños y llevados a lejanos fundos…Allí se les ha arrojado a miserables galpones para vivir amarrados con cordel para que no puedan fugarse. Algunos fueron marcados a fuego…Las jóvenes esclavas han sido entregadas al ludibrio de los trabajadores de las haciendas, violadas y vejadas”
Paradójicamente, nuestra alegre cueca nace de esos y otros esclavos. Es otra herencia africana que muchos prefieren negar.

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