lunes, 23 de febrero de 2009

Un investigador viajero, Oreste Plath



En Fiestas Patrias recordamos a uno de los folcloristas más destacados de nuestra historia.

Escrito por Francisco Oviedo

Hace cien años nació César Octavio Müller (1907-1996), más conocido como Oreste Plath - original seudónimo que fusionó el nombre del héroe de la tragedia griega y una marca de una cuchillería alemana- este folclorista nacional se dedicó por completo a recopilar lo cotidiano y popular en cada rincón de nuestro país, una verdadera maquina fotográfica de nuestra identidad.
Más allá de los libros, la vida dio sabiduría a este incansable hombre que desde niño quiso aprender de la cultura del pueblo, gracias a innumerables viajes por Latinoamérica con su padre.

En su juventud recorrió Chile de norte a sur siendo editor de la revista Nautilius, de la sociedad de capitanes y oficiales de la marina mercante. Gracias a esto comienza su exploración por el país y su trabajo de escritor.

Sus primeras publicaciones fueron de poesía, en el año 1942 comienza con fuerza lo que seria su razón de vida, la investigación folclórica, se adjudico becas y realizo estudios en varios países latinoamericanos, obtuvo la cátedra de folclor en la Escuela de Verano de la Universidad de Chile y, más adelante, fue docente en la de universidad de Concepción y de la Frontera, en Temuco.

Los intereses del folclorólogo fueron siempre por todo lo profundamente chileno, mitos, leyendas, las animitas, la medicina popular, etc. Su metodología de trabajo era bastante particular, siempre comenzaba visitando los bares, picadas, mercados, conversando con la gente y amasando “una historia, una leyenda, un estilo; de a poco el pueblo iba entregando sus secretos”.

Sus obras suman más de 40, destacándose: Folclor chileno, Geografía del mito y la leyenda chilenos y El Santiago que se fue, obra póstuma publicada en 1997. También escribió en importantes revistas de circulación nacional, entre ellas, En Viaje, donde publicó su "Geografía religiosa de Chile".

En 1980 fue elegido Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua, sucediendo a Pedro Lira Urquieta. Tras su fallecimiento, fueron creadas una fundación y una biblioteca, asimismo, una de las salas de la Biblioteca Nacional lleva su nombre.

De su libro geografía del mito y la leyenda chilenos destacamos algunas leyendas recopiladas en la región de Coquimbo.

Tesoro de la Bahía de la Herradura

En la Bahía de la Herradura, que hoy se conoce con el nombre de Guayacán y que está junto a Coquimbo, los piratas enterraron un tesoro, el Tesoro de la Bahía de la Herradura.

En el año 1578 el corsario inglés Francis Drake descubrió la bahía de La Herradura, así llamada por su forma. Desde ese mismo instante, la bahía pasó a ser el refugio de piratas y filibusteros, como Bartolomé Scharp, Eduardo Davis, Jorge Anson y otros de menos nombradía.

Drake convirtió esta bahía en refugio y en sus costas enterró el producto de sus correrías, robado en cientos de combates. Este tesoro consistiría en miles de barras de oro y plata; cientos de miles de monedas de oro, mil doscientos zurrones de oro en polvo, veinte ollas de oro y diez tinajas de joyas.

(Versión de Oreste Plath)

Juan Soldado

El estudioso Julio Vicuña Cifuentes transmite la leyenda que el pueblo narra sobre la desaparición de la primitiva ciudad de La Serena que es, según él, "la tradición más antigua" que se conoce en Chile. He aquí la versión: La primitiva ciudad de La Serena era mucho más hermosa que la actual. Vivía en ella un joven bien parecido, pero pobre, a quien llamaban Juan Soldado, nombre que, en recuerdo suyo, se puso después al cerro cerca del cual aquella ciudad estaba edificada. Juan Soldado se enamoró de la hija única de un cacique riquísimo, que habitaba a tres leguas de la ciudad. Como el cacique era ambicioso, se opuso a que se casara con un pobre. Los enamorados resolvieron huir, para casarse en la iglesia de La Serena, pues la joven era cristiana. Así lo hicieron, y en el momento en que el sacerdote bendecía el matrimonio, gente del pueblo llegó a la iglesia con grande alboroto, diciendo que el cacique, a la cabeza de sus mocetones, se aproximaba a la ciudad, jurando destruirla, después de matar a los enamorados. Nadie sabe lo que pasó, pero es lo cierto que en el momento en que el cacique, con sus guerreros, pisó los suburbios, la ciudad se desvaneció. Recorrieron el campo donde estaba situada, pero no la encontraron aunque la andaban pisando.

En ciertas noches, singularmente los sábados, los que pasan cerca del sitio en que estuvo edificada oyen música y canciones, y el Viernes Santo la ciudad se hace visible a los que contemplan desde lejos, pero se borra poco a poco ante los ojos de los que pretenden llegar a ella.

Otra versión es la que dice que existió en la Colonia un soldado español llamado Juan. Cierto día mató en la calle a dos vizcaínos ricos que se habían burlado de él al verlo pobremente vestido. Sólo quedó en el suelo su espada acusadora. El hombre desapareció. Meses más tarde, en lo alto de un cerro lejano se encendía todas las noches una luz. Al año se extinguió. Cuando los curiosos visitaron este punto hallaron allí al soldado Juan, muerto y amortajado en un hábito monacal. En esa soledad el asesino había expiado su doble crimen. Se denominó ese punto el cerro de Juan Soldado. Y de allí el nombre actual.

Versión de Oreste Plath

Notas Complementarias

Entre las versiones comparativas cabría señalar el Pueblo del Pantano, en la Argentina (La Rioja), del cual se dice que fue un pueblo muy rico. Es creencia que desapareció maldecido por un sacerdote. En el Ecuador se encuentra la leyenda de Riobamba la Vieja, ciudad que la Virgen hizo destruir por un terremoto para castigar a una egoísta señora de la ciudad.

El mate de piedra

En Chalinga hubo una fiesta y faltó el vino. Uno de los asistentes se ofreció para ir a buscarlo a Salamanca y partió con un chuico.

De vuelta, un tanto cansado, se sentó a reposar y luego de caer en un sopor lo transportaron a una fiesta que se celebraba en una cueva.

En ella se servía en un fino servicio de oro; el licor se ofrecía en mates de oro y en lo mejor de la fiesta se echó al bolsillo uno de éstos.

Después, fue devuelto al mismo lugar, donde había estado descansando y se recuerda que en medio de la fiesta se había guardado uno de los mates en que se sirvió y se llevó la mano al bolsillo y se encontró con una piedra.

(Versión de Oreste Plath)


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