jueves, 24 de enero de 2008

BALNEARIOS CON HISTORIA (III)

REVISTA SABADO DE EL MERCURIO 22 de enero de 2000

Aquí operó el primer casino juegos de Chile. Inaugurado en 1909, funcionó hasta la década del treinta. Hoy, el palacio es propiedad de la Municipalidad de Pichilemu.


LO QUE CUENTA EL VIENTO

El que fuera el más glamoroso de los balnearios de principios de siglo ha sufrido un giro importante con el paso de los años. De los aristócratas que se paseaban en "cabritas" por la costanera sólo quedan algunas fotografías amarillentas. Ahora son los surfistas los que han proclamado su propio paraíso en esta playa impoluta, que, en ocasiones, es visitada por vientos que pueden alcanzar los 150 kilómetros por hora.

POR MARCELO SIMONETTI FOTOS: JORGE JOUANNET




El ayer y el presente del hotel Ross. En los primeros años del siglo ganó fama bajo el nombre de Gran Hotel Pichilemu, ofreciendo a sus pasajeros las mejores comodidades de las que podía disponer un hotel en ese entonces: lavandería, modernos excusados, iluminación a gas acetileno, caballerizas. En la actualidad, los corredores del Ross guardan resabios de la aristocracia de antaño, pero no pueden disimular el paso del tiempo.

Si los fantasmas existieran, en Pichilemu pasearían arriba de carruajes pomposos, usarían sombrillas y caminarían por la playa con traje de rayas y corbatín. Seguramente, vivirían en el hotel Ross, todavía en pie, y a eso de las seis enfilarían a Punta de Lobos para ver la puesta de sol. Traerían en sus bolsillos trozos de la época dorada del balneario, la de principios de siglo, cuando las familias más aristocráticas de Santiago y alrededores llegaban a retozar a sus oscuras arenas.
Pero el tiempo pasa sin dilación y de fantasmas poco sabemos, al menos en Pichilemu, y no queda más alternativa que enterarse por fotos o de boca de algunos sobrevivientes de entonces que, no con poca nostalgia, explican cómo Agustín Ross Edwards fue levantando su fantasía sobre ese peladero que, a fines del 1800, era Pichilemu.
-Cuando él llegó, acá no había nada. Un par de casas, cuando mucho. Él fue dando forma al pueblo, él le dio aires europeos. Mire esas balaustradas que adornan la costanera o las que bordean el parque, son las mismas que don Agustín vio en Biarritz -cuenta Jaime Parra, el actual administrador del hotel Ross.
Inicialmente, el Ross llevó por nombre Gran Hotel Pichilemu y dispuso de tantas comodidades y modernismos que difícilmente había en América del Sur un hotel de su estirpe. Los pasajeros contaban con una de las lavanderías más sofisticadas de la época; caballerizas con capacidad para 150 mancos; gallineras que proveían de aves y huevos; botica; correo; pastelería y hasta una cancha de tenis. Además, fue construido con materiales de primera calidad: mármol de Carrara, cemento de Portland, pino de Oregón.
-No había reproches que hacerle al hotel. Debe haber sido uno de los primeros en contar con iluminación a gas acetileno y cada dos piezas había un inodoro que tenía estanque superior y cadena, lo que era algo increíble para un pueblo que hasta ese entonces debía hacer sus necesidades en un cajón de madera, con el estiércol acumulándose en el pozo -ilustra Parra, quien agrega que precisamente de este tipo de excusados nace la expresión "tirar la cadena".
Pero la iniciativa de Ross no se redujo a un hotel. El parque que lleva su nombre y que tiene más de sesenta palmeras, el primer casino de juegos que funcionó en el país, los miradores y las terrazas que aún perviven en suelo pichilemino y la lucha para que el balneario adquiriera la condición de puerto menor, o su empeño en conseguir que el tren uniera el tramo Santiago-Pichilemu, resumen su obra.
De Ross, del casino y de esos paisajes que hoy se tiñen de sepia, las hermanas Greene Valverde -María, Lucía y Mercedes- tienen un recuerdo nostálgico.
-Siendo muy jóvenes nos paseábamos en "cabritas" por la costanera y jugábamos al corre el anillo en la playa. La gente nos saludaba con mucha deferencia. Eramos las señoritas Greene Valverde. Incluso ahora, que han pasado casi tres cuartos de siglo, hay gente que al vernos por la calle nos saluda con gran respeto, casi haciendo reverencias -dice Lucía.
Ellas han heredado buena parte de los terrenos que tenía su padre y guardan recuerdos imborrables de las carreras de caballo a la chilena que hacían frente al parque y que el público observaba desde la terraza del Ross. O de las semanas pichileminas en las que la elección de la reina era todo un acontecimiento.
-Había una expectación tremenda porque al final siempre llegaban dos candidatas, una del pueblo y otra del hotel. Y habían carros alegóricos y todo era una fiesta. No recuerdo qué año ocurrió, pero Lucía fue coronada como reina de Pichilemu. Fue una de las pocas veces que no ganó la candidata del hotel -asevera Mercedes.

LAS LUCES SE APAGAN

Pichilemu, que en mapudungun significa "bosque pequeño", fue fundada en 1891. Para ese entonces, José María Caro llevaba varios años cruzando la tierra de Los Valles -donde había nacido- para llegar hasta las tranquilas aguas de Pichilemu a refrescarse. Con el tiempo, ese niño llegaría a convertirse en arzobispo de Santiago y en diciembre de 1945, se transformaría en el primer cardenal de la historia del país.
-La historia del cardenal se halla muy ligada a San Andrés, el patrono de los pescadores y agricultores que está en la iglesia de Ciruelos. Precisamente cuando la imagen fue traída desde España, un grupo de hombres fue a recibirla a Pelequén, que era hasta donde llegaba el tren en ese entonces. Y se la trajeron, pasando por San Vicente, Los Valles, y al llegar a Ciruelos,
la señora Margarita que estaba encinta, esperando al cardenal, le ofreció a la imagen de San Andrés el hijo que tenía en su vientre.
La historia es narrada por el padre Pancho -Francisco Cáceres-, el mismo que hace dos años impulsó la construcción de una imagen del cardenal, ya que, increíblemente, en Pichilemu no había ninguna estatua o monumento que recordara a José María Caro. Su devoción por él no es gratuita, pues su madre, siendo una niña, supo de su gracia.
-Cuando mi madre tenía nueve años, padeció un tifus que en ese tiempo era mortal. Estamos hablando de 1925. El cardenal le puso la unción, le dio la primera comunión y la confirmó. Como la mamá pensaba que iba a partir, él le entregó todos los sacramentos. Pero la mamá tuvo diez hijos y el primero, que soy yo, sacerdote -confiesa.
José María Caro falleció el 4 de diciembre de 1958, pero a la fecha mantiene familiares en la zona, entre los que se cuentan los hermanos José Santos (78) y Guillermo Arraño (76), sobrinos nietos de Caro, quienes, de alguna manera, son libros vivientes de la historia del balneario.
-No sólo el cardenal fue uno de los referentes religiosos de Pichilemu. En Punta de Lobos, tuvieron su casa los mercedarios. Allí cultivaron sus vocaciones y fue lugar de descanso de los religiosos. Pero si a alguien perjudicó el progreso fue precisamente a ellos, porque cuando el alcalde Saldías hizo el camino costero, Punta de Lobos dejó de ser un escenario inaccesible. Los bikinis y las curvas femeninas hicieron temblar las vacaciones y las vocaciones de los mercedarios. A la semana ya habían vendido la casa. Y hoy, de ella, no queda ni piedra sobre piedra -cuenta José Santos, autor de Pichilemu y sus alrededores y de Hombres y cosas de Pichilemu, próximo a publicarse.

José Santos Arraño Acevedo, sobrino nieto del cardenal José María
Caro, exhibe uno de los retratos del religioso. Arraño se ha erigido como el historiador de Pichilemu, merced a tres sendos libros

El alejamiento de los mercedarios es una anécdota dentro de la historia de Pichilemu. Porque a la hora de rescatar partidas que calaron hondo en el desarrollo de la ciudad, ahí está la muerte de Agustín Ross, acaecida el 20 de octubre de 1926. Con él se fue buena parte del encanto de esta playa.
-El gran sueño de don Agustín era el muelle, hacer de Pichilemu el gran puerto. Por eso fue que él construyó el hotel Ross, para atraer gente. Pero una vez muerto, su sueño quedó abandonado. Algunos de los hijos vendieron su parte y al que le tocó el casino lo vendió a una familia González. Viña del Mar también comenzó a crecer y estaba más cerca de Santiago. Cuando inauguró su casino, Pichilemu ya no pudo seguir dando la pelea -apunta el mayor de los Arraño.
Sin embargo, no todos piensan igual. Caminando por los pasillos del viejo hotel Ross, Jaime Parra tiene otra visión del asunto: "Creo que Pichilemu no podría estar mejor que ahora. Se ha desarrollado a niveles importantes. La infraestructura hotelera, y en esto incluyo también a las cabañas, no tiene parangón con lo que era el balneario hace algunos años. Verano a verano, la población aumenta de nueve mil habitantes a setenta mil. No puedo entender cuándo dicen que Pichilemu perdió su encanto. Agua y arenas tan limpias como las que hay acá son difíciles de encontrar".

DEL GRINGO AL FRANCÉS

Debió pasar largo tiempo para que el pueblo volviese a adquirir un carisma distintivo. En los primeros años de la década del setenta, los pescadores advirtieron la figura de una especie de lobo de mar que se desplazaba por las olas a gran velocidad. No pasó mucho tiempo antes de que se dieran cuenta de que aquello que se montaba arriba del mar no era un animal, sino un hombre. Enorme y con una melena cana que le llegaba más abajo de los hombros, el Gringo fue el primer surfista que se adentró con su tabla en Pichilemu. Nadie lo conoció en tierra, pero según los pescadores no ha surgido otro como él. Leyenda o no, después del Gringo los surfistas han llegado en cantidades crecientes a Pichilemu, haciendo de este lugar su paraíso.
lan Pistone es francés y a los dieciocho años ya había sido campeón de surf. En rigor, la vida de Pistone ha estado invariablemente ligada a las tablas. Se ha deslizado arriba de ellas por nieve, agua y cemento. Incluso ganó algunos títulos mundiales. Hace diez años que está radicado en Punta de Lobos, pedazo de tierra, arena y peñascos de los que no se piensa ir.
De hecho, Pistone -casado, con una hija- ha formado una comunidad que reúne a cinco familias con las que hablan el mismo idioma.



-Surfear, comer, dormir, relajarse, estar en contacto con la naturaleza. Es lo que hacemos. No nos interesa el dinero, tampoco el poder. Todos somos un poco gladiadores. Afue­ra tengo un lugar en donde medito, donde conversamos cosas más profundas, nada de fútbol, nada de autos. Es como una pirámide de madera, una ruca -explica.
La casa la construyó el mismo y ha sido dispuesta para resistir sin grandes apuros el viento norte que asoma con singular fuerza unas tres veces al año.
-Cuando aparece ese viento, los techos vuelan en Pichi­lemu. Acá no puedes salir. La casa cruje. Se trata de un viento que alcanza los 150 kilómetros por hora.
Si uno se asoma por alguna ventana de la casa de Pistone podrá ver que, a manera de callampas, hay varias carpas que se levantan del suelo. Los surfistas llegan hasta allá para correr la ola más larga de Chile. Si en Reñaca se pue­den desplazar arriba de una por una distancia no mayor a los diez metros, en Punta de Lobos es posible correr olas de un kilómetro y medio.



Pichilemu, se corre la ola más larga de Chile. En circunstancias ideales, los surfistas pueden recorrer un kilómetro y medio encaramados en una de ellas.


El primer surfista llegó a Pichilemu en la década del setenta. Fue el Gringo y los pescadores, en un principio, lo confundieron con un lobo marino.

Pero el surf no es una actividad propia de los afuerinos. En Pichilemu no es el fútbol ni el tenis, ni la rayuela el deporte que manda. Un noventa por ciento de los jóvenes cuenta con una tabla de surf y hablan del mar con un énfa­sis que sorprende.
-Es como un vicio, una droga. Yo no podría estar sin el mar -acota Sadrac Vargas (24), instructor de surf-. Cuando entro al agua es como si me sacara todo lo viejo, todo lo malo. En el mar no importa el dinero ni existen las clases sociales. Son otros los códigos que se manejan. Yo creo que soy un afortunado. Me levanto, camino unos pasos y estoy en el mar. Es maravilloso. Qué más podría pedir.
Corren otros tiempos para Pichilemu, diferentes, distan­tes de aquel de principio de siglo, cuando Daniel Ortúzar compró los terrenos donde crecería el balneario. Y por mucho que en la costanera sobrevivan dos reyes -el del mote con huesillos y el del cochayuyo-, la postal, ahora, debería distanciarse de los paisajes aristocráticos, para lucir un hombre con traje de goma y una tabla bajo el brazo.


IMPERDIBLES

-Los churros de la calle Aníbal Pinto.
-Para vencer a la sed, un buen vaso de mote con huesillos donde el rey del ramo, en plena costanera.
-Las empanadas de marisco en La Pica del Negro.
-Las papayas de Cáhuil.
-Las ostras de Cáhuil.
-Darse una vuelta por Panul y comprar artesanía en arcilla.
-Ir a la iglesia de Ciruelos, donde se halla la pila bautismal donde fue bautizado el cardenal Caro.
-Pasar por Barrancas en donde se trabaja en la extracción de sal.
-Las puestas de sol en Punta de Lobos.
-Tomar un San Fernando City en el Gigi.

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1 comentarios:

A las 15 de julio de 2010, 12:38 , Blogger Adrian ha dicho...

Un lugar con mucha historia y para no perderse es el Hotel Viento Norte .
Fui con mi familia y la verdad es para recomendar!
Saludos

 

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