martes, 16 de septiembre de 2008

Tres rostros de pura chilenidad

REVISTA DEL CAMPO
EL MERCURIO
lunes 15 de septiembre de 2008

Arturo Lavín, Pedro Béjares y Álvaro Mecklenburg son tres profesionales, a quienes une su pasión por el campo y las tradiciones. Son ejemplos como rescatadores de la esencia chilena.
ARNALDO GUERRA MARTÍNEZ

Uno es investigador y enólogo, otro ingeniero agrónomo dedicado a la educación, y el tercero, abogado experto en temas tributarios. Pero no se quedaron en eso. La pasión que tienen por todo lo chileno los une. Dedican muchas horas a cultivar y preservar aspectos de las tradiciones - como otros muchos personajes anónimos- y en eso sobresalen.

Arturo Lavín, Pedro Béjares y Álvaro Mecklenburg son ejemplos en el rescate de la identidad nacional.

Si bien no hay una voz cuando se habla del carácter chileno o de lo que significa ser chileno, en lo que sí se está de acuerdo es en que mucho tienen que ver con ello, la cultura y las tradiciones que vienen del campo, porque la agricultura fue durante mucho tiempo la actividad económica principal del país. Y también hay consenso en que la globalización amenaza la identidad chilena.

Pero estos tres personajes realizan una labor que la recupera. Lavín, junto con buscar alternativas para la cepa vinífera país, ha rescatado del olvido a plantas nativas; es criador y presidente de los criadores de caballos chilenos de Cauquenes y escribe columnas costumbristas en el portal de los criadores y del rodeo. Béjares es director de la Escuela Agrícola San José de Duao, con la que junto a un adecuado nivel técnico le ha dado una impronta huasa, compite en los rodeos y tiene un criadero, además de contar con una importante colección de espuelas chilenas y de chamantos. Mecklenburg viene integrándose este año a las competencias corraleras, pero ya el año pasado editó el libro 'Alma huasa'.

Arturo Lavín, un Quijote en Cauquenes


ARTURO LAVÍN ACEVEDO se vale de la agronomía para resumir el problema de pérdida de identidad por el impacto de la globalización: "El frutal, aunque sea de la variedad más moderna, nunca debe perder sus raíces. Nosotros estamos adquiriendo raíces extrañas... Nos tienen medio injertados", dice.

Lo suyo es el rescate. En sus casi 38 años como investigador agronómico y enólogo de Inia Cauquenes, creó una variedad de uva a la que bautizó Alba Rosa - "es hija mía total, la hice solito", dice- ; participó en la selección de una levadura chilena que se comercializa a nivel mundial; le busca alternativas de uso a la menospreciada cepa país, entre las que ha propuesto elaborar agraz con el jugo de uvas verdes, además de diferentes jugos e incluso arrope; y ha participado en numerosos proyectos de rescate de flora nativa, como la murtilla, la frutilla o el chagual.

Dice que Chile es el único país que cuenta desde antes de la llegada de los conquistadores con una frutilla de tamaño grande. Amadeu Fresier, un espía francés que anduvo dibujando los fuertes españoles, se llevó cinco. De ellas descienden todas las frutillas que se cultivan hoy en el mundo.

"El drama es que no se ha hecho un trabajo genético para darle una producción más larga como las variedades que se usan ahora. En la U. de Talca están haciendo algo. Pero a nivel del Estado no hay nada", señala.

Pese a que se piensa relanzar algunos de estos proyectos y de que se están patentando los productos y prácticas logradas, poco se ha llevado concretado."Todos los encuentran encachados, pero nadie se tira al agua", añade.

Transplantado

Lavín es nacido y criado en Cauquenes. "Soy cauquenino por la sábana de abajo y la de arriba", señala riendo.

Estudió Agronomía en la Universidad de Chile cuando la escuela estaba en la Quinta Normal, en Santiago. Luego derivó a la enología: sus dos abuelos eran viticultores. En ese tiempo, la mayor parte de las uvas que se producían en el país iban a la producción de vino.

Tras 38 años de actividad, tiene más de 150 publicaciones científico-técnicas en revistas de Chile y del extranjero, pertenece a la Cofradía del Mérito Vitivinícola y recibió el premio Al Mérito Vitivinícola en 1991.

Chilenidad cuestionada

Para Lavín, la chilenidad en esencia es lo campesino, porque la formación de Chile estuvo entre La Serena y Concepción, tierras huasas. "De los más de 6 millones de santiaguinos, debe haber más de 4 millones con raigambre agrícola dos generaciones antes", comenta.

Tiene una curiosa teoría para explicar la pérdida de identidad en el país: Como Chile es ecológicamente muy vulnerable - el 80% de las especies vegetales son introducidas- eso haría a la gente permeable a lo foráneo.

Al entusiasmo patriota de septiembre, no le cree mucho. "Esa cultura del campo no nos marcó mucho. Por eso se baila cumbia para el '18'. Todo lo del '18' lo hallo un poco forzado por los medios, más que por esencia. Hay gente que se viste de huasa, pero eso no es ser", señala.

Para Lavín lo ideal sería que todo el año se dé este tipo de expresiones, como ocurre en España, en que la tradición la viven para Semana Santa, Navidad y otras fechas.

"Ellos tienen una cultura muy arraigada, nosotros por encimita. La chilenidad se vive sólo para las Fiestas Patrias. Antes estaba en torno a las carreras, las trillas, la vendimia y festividades religiosas", señala.

Entre lo que se ha podido salvar, rescata al huaso, sus aperos y vestimenta.

"Entre todos los jinetes latinoamericanos, el único que mantiene la raigambre en su atuendo es el huaso, que se puede comparar con un jinete andaluz o cordobés en la chaqueta, el sombrero, el pantalón, los zapatos, la faja. Los únicos tres elementos que tienen características propias son las espuelas, que son más grandes; el estribo, que es muy distinto, la manta y el chamanto'.

Y frente al embate de tanta comida extranjera, no duda en señalar que no es que los chilenos no sepan cocinar, sino que a la cocina chilena no se le conoce ni se le ha dado importancia que merece. Para eso cuenta del Papa Pío Nono, que vivió en Chile cuando cura, que recibía a los religiosos chilenos muy cariñosamente en Roma diciéndoles: 'Beatis chilensis qui manducam charquicanem', porque le encantaba el charquicán, que es un plato hecho sólo con productos americanos de antes de los españoles, con papas, maíz, charqui y zapallo.

Lavín cría caballos desde 1966, antes de titularse y eso lo ha llevado tanto a participar en rodeos como en la dirigencia de los criadores de caballos chilenos.

Ahora prepara su retiro de la investigación agrícola a fines de año.

Lo esperan libros de historia, que son su nuevo interés, y muchas hojas en blanco a la espera de lo que escribirá sobre el caballo, el rodeo, tradiciones huasas y chilenidad.

Pedro Béjares.


Ataque en dos frentes: juventud y antigüedades

DESDE NIÑO PEDRO BÉJARES se obsesionó por las espuelas que veía en el campo de su abuelo materno en San Fernando. Le sorprendían sus diseños, la solidez del metal y su tintinear. Poco a poco comenzó a juntarlas. Primero se las pedía a sus parientes. Después partió una febril búsqueda de formas diferentes o que fueran antiguas. Terminó con una colección de 300 pares de espuelas, otra no despreciable cantidad de frenos y no pocas mantas y chamantos corraleros.

"La única parte del mundo, creo, donde las espuelas son tan grandes es en Chile. En el resto usan espuelines, que son mucho más dañinos para el caballo", señala Béjares, quien es el director de la Escuela Agrícola San José de Duao.

En los 300 pares hay de distintas formas y edades. "Tengo algunas del tiempo de la colonia, de 1600 a 1700'.

Uno de los pares lo valora porque fue un regalo del folclorista Raúl de Ramón. "Hace 30 años, como yo tocaba un poquito de arpa, estuvimos tocando. Él me regaló unas espuelas cogote de gallo, que se llaman así porque el asta es chueca", recuerda.

Este ingeniero agrónomo de la Universidad de Chile también participa en el rodeo. Ha llegado tres veces al nacional de Rancagua, hasta las series. Lo que reclama sí es que el rodeo se ha profesionalizado mucho y eso le quita romanticismo.

"Me gustaba más como era antes, más de amistad, más de familia", señala.

Además, está en la crianza de caballos chilenos con su criadero Cadeguada, nombre que le puso en honor al primer mapuche que habría montado a caballo.

"Hay un montón de caballos míos corriendo, algunos que son bien conocidos y que han estado en el ranking de Chile, como 'Rosqueador' y 'Entonao"'.

Todos los días, Béjares se levanta muy temprano, a las 6:30, y parte a trabajar caballos en su criadero, y de ahí se va a la oficina a resolver los problemas que le plantea administrar una escuela - de la que es director desde hace 26 años- que tiene 120 hectáreas con cultivos de todo tipo, 500 novillos en engorda, frutales y 370 alumnos en el régimen de internado. Por estos días está enfocado en los exámenes de admisión que comenzarán el 14 de octubre próximo.

Aparte de la entrega de elementos técnicos para que los alumnos se desarrollen en el mundo laboral, le ha dado un sello huaso: cuentan con medialuna, en la que se realizan los dos rodeos de la temporada de la comuna de Maule, más otro que involucra a todos los alumnos de las escuelas agrícolas del país.

"Le hemos dado una enfoque acampao. De aquí han salido muchos chiquillos que están dedicados a trabajar caballos; por ejemplo, Felipe González que fue tercer campeón de Chile hace dos años, quien estaba recién egresado de la escuela", señala.

Sin duda, su impronta se nota en esta escuela de corraleros, pero que tiene un distintivo en cuanto a preparación técnica. "Estamos en una zona que tiene de todo. Por eso nuestra preparación tiene que ver con cultivos, viñas, frutales y hortalizas, y también con la engorda de novillos. Esta escuela durante 16 años engordó todos los novillos que eran de la Federación del Rodeo, después de que se usaban en la final de Rancagua", señala.

Los cambios juveniles

A pesar de que la educación no es el camino habitual para un agrónomo, reconoce que igual se siente cerca de la producción agrícola. "Lo bonito es poder educar a chiquillos de sectores bastante apartados", plantea. La idea es que ojalá esos alumnos se transformen en emprendedores. "Al principio casi todos parten como encargados de campo o de paking y, posteriormente, muchos se independizan. Hay otros que siguen Agronomía, aprovechando un convenio que tenemos con la Universidad de Talca y la Del Mar", señala.

Reconoce que las influencias externas son lo suficientemente fuertes como para impactar en las costumbres.

"En general los chiquillos están muy influenciados por las cosas modernas. Pero aún quedan reservorios de chilenidad. Por ejemplo, hay muchos que estudian aquí porque les gusta el campo y las tradiciones. De hecho, existe una academia de rodeo donde participan alrededor de 60 alumnos, en la que realizan actividades para instruirse en los caballos, la alimentación y el herraje.

Álvaro Mecklenburg, con alma huasa


EL CAMPO DE LA FAMILIA fue lo que acercó a Álvaro Mecklenburg a las tradiciones. En la zona de Pemuco, Chillán, en plena zona huasa, su bisabuelo tenía un campo pequeño. "Mi abuelo, mi papá, yo, y ahora mi hijo, crecimos yendo de vacaciones allá.Hay una casa colonial vieja, cosas de campo y un gran contacto con las tradiciones. Supongo que por ahí vienen las raíces que uno tiene metidas y que, de pronto, se despiertan", señala.

Ahora con más independencia y tiempo, más una fuerte presión de su hija Francisca, de 11 años, incursiona en el rodeo.

"Mi hija menor es fanática de los caballos. Casi todos los fines de semana quería que nos fuéramos al campo, pero Chillán no está al lado. Encontré en Lo Barnechea un lugar con pesebreras para tenerlo y le compré un caballito", cuenta.

Después en contacto con los petiseros comenzó a meterse en el mundo de los rodeos y vino el entusiasmo. A tal punto que en el centro ecuestre donde tenía su animal terminó haciendo una medialuna.

"Compramos las puertas de la de Lo Barnechea y ahora tenemos una medialuna bien 'encachá'. Compramos novillos toperos y completé dos años en esto, hasta que me largué a correr ahora", comenta.

No apuesta por cuáles van a ser los resultados, pero ya está debidamente inscrito en la Federación y corre por el club Colina.

La culpa también fue de Marcelo Jorquera, un jinete reconocido que estaba medio retirado. Mecklenburg no está seguro de quién entusiasmó a quién, pero el hecho es que la nueva collera ya está conformada.

Los caballos los han ido comprando de a poco, con el consejo de los que saben, como Jorge Inostroza. Ya tienen a "Choclo", "Romadizo", "Renoval" y "Aplaudida".

Pero Mecklenburg tiene un problema. No le acompaña su apellido. "Lo más entretenido es cuando anuncian por los parlantes de la medialuna: 'Corren Jorquera y.... y se quedan callados. No pueden leer... y cada semana el apellido es diferente".

La contribución

A pesar de que recién está integrado a este círculo, ya hizo una contribución.

Mecklenburg es abogado especialista en temas tributarios. Es socio y trabaja hace 15 años en Deloitte. En esa condición, el año pasado propuso a la empresa escribir y editar el libro "Alma huasa". A fines de diciembre salió como regalo para los clientes y amigos de esa firma especializada en auditorías.

"Lo hice con una periodista. Y la idea fue traspasar a la gente algunos conceptos de chilenidad. Están las carreras a la chilena, la trilla a yegua, la historia del caballo chileno y el rodeo, también los aperos, las monturas, las espuelas, estribos. Me di cuenta de que hay muchas cosas que se hablan, pero muy poca gente sabe de ellas. Por ejemplo, la diferencia entre una manta y un chamanto. Cuando fue la cumbre del Asia Pacífico a los presidentes les regalaron chamantos de Doñihue. Y se habló desde mantas hasta incluso de ponchos", dice Mecklenburg y explica que la manta tiene líneas y el chamanto dibujos.

Éstas y otras partes de la indumentaria huasa, agrega, han evolucionado. Por ejemplo, primero se usaban ponchos, que son más largos y sin dibujos, pero eran incómodos. Y por eso se acortaron. Aclara también que las espuelas chilenas tienen la característica de tener una rodaja más grande, porque la montura chilena obliga a que las taloneras queden abiertas y para poder espolonear al caballo se necesitaban más grandes.

Considera que lo que mejor representa al chileno es la gracia que tiene el huaso para escribir y cantar la cueca. "Lo hace con instrumentos como un cacho, con panderetas hechas con las tablas para lavar la ropa o dos platillos y una guitarra. Pero le ponen una vivacidad que da gusto", dice.

La moda por lo huaso le parece bien y mal. "Si es una moda, significa que no va a ser permanente, pero en la medida que sirva para difundir la chilenidad y las tradiciones es valioso", agrega.

Arnaldo Guerra Martínez.

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